un espacio para los que viven sin manual

domingo, 15 de agosto de 2010

mis gitanos verdes, como lo diria mi abuelo

Hijo de mis entretelas

Antes de comenzar el mundial de fútbol (una más de las putas efímeras alegrías argentinas) nos habíamos lanzado a las calles, colgándonos al hombro una desacostumbrada euforia nacionalista que coloreó el país, poniéndonos los pelos de punta – a algunos- al saber que ya éramos Bicentenarios y seguíamos tan chitrulos.

Entre tanto alborozo, del que participamos en Ciudad de Buenos Aires (si, porque yo también me tomé mi dosis, y muy contenta) varios millones de personas, hay que destacar que hubo orden, esmero y buenos espectáculos. Pero como siempre, luego de las trompetas, para no perder la costumbre, los políticos y algunos medios (dignos hijos de Satanás) buscaron torcer la contienda por todos conocida, saborizando nuestros días con las mentadas ausencias y/o presencias de las majestades de turno, y la pulseadas de siempre.
Y así seguimos las mañanas, las tardes y las noches, embargados por la efímera costumbre de instalar banderitas en los autos, y en algunos balcones, no sabemos bien por qué, pero –lo más probable- sea porque se la hemos visto poner al vecino, que vaya a saber a quien vio hacer lo mismo, hasta meter violín en bolsa y volver de Sudáfrica con el rabo entre las patas. Y ahora, a elegir nuevo director técnico de la selección nacional, y a ver quién le toca el curro. Porque según parece, sólo cuestiones como éstas hacen que nos molestemos, un poco, en tratar de averiguar nuestro ADN social, permanentemente ignorado.
Menudo trabajo, porque si hay países hijos de tantos padres, el nuestro es uno de los máximos. Suenan, por ahí, algunas preguntas sueltas: ¿quiénes somos?, ¿de qué estamos hechos?, ¿qué hay que hacer?, ¿cómo se pudo llegar a esto?.Suenan, si… y suenan fatales, y además ¡a quien le importa! si “Dios es Argentino”, y si es por paternidades… que nos lo cuente nuestra santa iglesia, y el matrimonio gay, y la policía metropolitana, y el patrimonio de Los K, y los multimedios, y la corrupción, y los piqueteros, y los asesinatos, y las leyes cajoneadas, y el hambre y los mocos de nuestros niños, y la desenseñanza, y los colectiveros matadores, y los cartoneros, y el tránsito, y los vecinos que estacionan donde se les canta el culo, y los atormentados jubilados que esperan 4 ó 5 meses un turno prodigado por algún medico de PAMI (y eso si es urgente), y los cortes de luz, y las garrafas que no se consiguen, justamente cuando hace éste frío de muerte ¡claro!…y toda la puta mierda que vivimos a diario. Decir que estamos repodridos es algo así de chiquito.
Para más datos, a éste volumen de desasosiegos se suma la indiferencia generalizada. Esa indiferencia que nos quita el aire, que nos violenta y atemoriza, porque somos indiferentes frente a los derechos del otro, frente a las normas de convivencia, frente al respeto humano, a la voluntad de las mayorías, frente a otras maneras de pensar, frente a los vivos, y frente a los muertos.
Y la bronca… la bronca que nos inunda cotidianamente, porque la bronca es el sentimiento más compartido por los habitantes de éste mundito celeste y blanco. Y esto ya no debería verse como algo negativo, pues todos tenemos sentimientos hostiles o negativos frente a la bestia humana que anda suelta, aunque tendemos a taparlos. Pero tener bronca es un signo de algo más, mucho más, y debería verse como un aviso: “no me gusta lo que me estás haciendo”; “préstame atención”; “devuélveme la dignidad”; “no me ignores”; “trátame como merezco”, “respétame, soy un ciudadano”, porque ya no somos niñitos asustados que nos llenamos de bronca para llamar la atención, aunque nos traten como a imbéciles.
Los terapeutas aconsejan que no debe ser temida la bronca, sino tratada de entender.
¡Motivos de sobra! Vivimos tironeados entre lo qué es, y lo que nos enseñaron qué debía ser y no será jamás.
Pasamos de la ilusión al desencanto con una velocidad desesperante. Y para peor de males hemos perdido la alegría como pueblo. Nos tiramos de los pelos, agrios y grises, desguarnecidos y a la intemperie, gritando como polluelos, reclamando por N vez, un milagro, como si se tratara de que bajaran los superlagartos de“V” a cambiarnos el país; o por un efecto UFO del cual sólo podríamos ser espectadores, como es nuestra costumbre.
No me extrañaría que si eso ocurriera, como buenos pelotudos, nos pusiéramos a aprender su idioma, para hacerles monerías y caerles de putamadre. Acaso, hasta los convocaran a “bailando por un sueño”, como bicoca cultural para demostrar los entretenidos que somos, porque frente a los viajeros nos pasamos tratando de demostrar que venimos de otra parte (lejos de Latinoamérica), de la misma que vienen ellos. ¡Si es de pena!
Como dice la canción. “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”. Pero ¿cuál es nuestra verdad?... ¿que somos un puñado de lobotomizados?... o ¿que todo nos importa un huevo?
Que pasa: ¿hay un desquite del karma latente argentino que nos lleva a éstos estados de ánimo, que no nos permite cantar la victoria, ni llorar la derrota?
Dan ganas de gritar: no es la economía, ni la política, ni el clima…ni la madre que nos parió ¡necios! Somos nosotros, ni más ni menos, que ya estamos muy peludos, pero insistimos en usar los cortos. A ver… ¡por los dioses!, si dejamos la “meme” y nos convertimos en una sociedad madura.


PD: mi abuelo también diría ¡estoy hasta los cojones! (con permiso de mi amigo Hasta)