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sábado, 5 de junio de 2010

mis gitanos verdes, rosas y palabras


"La palabra ahogada bajo las rosa"
Francis Ponge
Foto: "Jardines del Generalife". La Alhambra. Granada 
(foto Susana Inés Nicolini, Mayo 2010 )


Una rosa, ya de por sí, es excesiva,
como varios platos superpuestos ante un mismo comensal.
Es excesivo llamar a una hija Rosa, ya que es quererla siempre desnuda,
o bien en traje de noche, como cuando enrojece bajo las arañas de cristal,
perfumada por muchos bailes, radiante, emocionada, húmeda,
cubierta de gotitas y con las mejillas como fuego;
coloreada lo mismo que un biscote tostado por el horno.
La hoja verde, el tallo verde con reflejos de caramelo y las espinas
—¡Santo Dios! ¡De aspecto muy distinto al caramelo!— de la rosa,
son de gran importancia para el carácter de ésta.
Existe una forma de vencer a las rosas,
parecida a lo que se hace cuando se ponen espolones de acero
a los gallos de pelea, para ir más rápido.
(...)
Esta sería la sustancia de las flores: una carne mezclada con sus ropajes,
como modelada toda ella de satén.
Cada una, a la vez vestido y muslo (seno y blusón, además)
se puede tomar entre dos dedos —¡en una palabra! tocar como tal;
acercar, alejar de la punta de su nariz; abandonar, olvidar y volver a tomar;
preparar, entreabrir, mirar— y marchitarse en la necesidad
de una sola equimosis terrible de la que ya no se levantará:
con acre valor efectúa una especie de vuelta a la hoja
—el amor emplea, en cada muchacha, por lo menos,
algunos meses hasta llevarlo a cabo…
¡Abiertas, al fin! ¡Calmadas sus crisis de neurastenia agresiva!
Este arbusto batallador, erguido sobre sus espolones,
y que hincha su plumaje, perderá rápidamente algunas flores…
Una superposición matizada por platillos.
Un levantamiento de tiernos escudos alrededor del pequeño montón,
de un polvo fino, más precioso que el oro.
Las rosas son, en una palabra, como las cosas en el horno.
El fuego de arriba las aspira, aspira la cosa
que se dirige hacia él (fijaos en los soufflés)…, quiere pegársele;
pero no puede avanzar más que hasta un cierto lugar:
entonces ella entreabre los labios y le envía sus emanaciones gaseosas,
que se inflaman…, así es como enrojece y ennegrece,
luego la cosa hecha humo y se inflama en el horno:
se produce como una eclosión en el horno y la Palabra no es más que…
Esta es, también, la razón por la que hay que regar las plantas,
ya que los principios húmedos, sobornados por el fuego,
arrastran a continuación suya los demás principios
de los vegetales hacia su elevación.
Con el mismo impulso, las flores entonces destapan
—definitivamente— su frasco.
Todas las formas de hacerse distinguir les son buenas.
Dotadas de una conmovedora enfermedad (parálisis de los miembros inferiores),
agitan sus pañuelos (perfumados)…
Ya que, para ellas, en verdad, para cada flor,
el resto del mundo parte incesantemente de viaje.

  
(Traducción anónima)







sábado, 27 de marzo de 2010

gitanos verdes, y un poema encontrado

Hoy he descubierto este poema
[Como latas de cerveza vacía y colillas]

de Ernesto Cardenal

Como latas de cerveza vacía y colillas
de cigarrillos apagados, han sido mis días.
Como figuras que pasan por una pantalla de televisión
y desaparecen, así ha pasado mi vida.
Como los automóviles que pasaban rápidos por las carreteras
con risas de muchachas y música de radios...
Y la belleza pasó rápida, como el modelo de los autos
y las canciones de los radios que pasaron de moda.
Y no ha quedado nada de aquellos días, nada,
más que latas vacías y colillas apagadas,
risas en fotos marchitas, boletos rotos,
y el aserrín con que al amanecer barrieron los bares.

Estado de ánimo: buscando el verde en mi paleta de colores...
y ésta música...

viernes, 12 de marzo de 2010

mis gitanos verdes, camino de los amigos

Se me están yendo los amigos. Se apartan físicamente. Es un dolor exclusivo, inefable: le he donado amigos a España, a Mendoza, a Salta. He donado a Canadá, a Puerto de Santa Cruz. Y ahora a Viedma.
Se van, y mi corazón se repliega. No caben tantas fronteras dentro de mi cuerpo. Son como gitanos, mis gitanos…trashumantes, febriles, atrevidos.
Tienen un valor que yo no tengo, los admiro… ciertamente los admiro. Van a por sus sueños, van a por la Vida.
Anoche hice las cuentas…me estoy quedando sola. ¿Será el tiempo de ir cerrando las ventanas, y echar llave a algunas puertas?… Será, quizá, la estación para ir andando. Será esta cuestión de mirar al frente y no poder ver nada y estar temblando, desierta, extraviada en un bosque hostil, lleno de ruidos, de sugestiones, de recovecos. Y será también, la percepción de llegar a alguna parte -porque a alguna se ha de llegar- sin lazarillos, sin huellas, sin precedentes, sin olfato, como ese animal no doméstico, no domesticable. Ese animal indómito en apresurado anhelo. Será la búsqueda de la voz propia, o el ladrido. De creer que la felicidad, quizá, consista en esos momentos caedizos en que uno se sorprende sosteniendo la mirada, confortadora, limpia, confiada y erguida. Como la de esos perros fieles que se ponen al alcance de las manos, silenciosos y amables, pero inestables. Será ésta cuestión de añorar lo que no conozco. No sé. Me asaltan memorias del futuro… en ésta ciudad, donde la soledad de su muchedumbre espanta.